domingo, 6 de noviembre de 2011

Más allá de la Toscana: las Cinque terre.

¡¡Chavalada!! Perdonad el retraso en escribir, estos días han sido un poco moviditos, pero bueno, aquí estoy de nuevo, aunque con un post un poco más triste de lo habitual.

Llevaba un tiempo pensando en inaugurar una nueva sección en la que se hablara de los lugares italianos situados fuera de la Toscana que he visitado durante estos más de dos años. En la variedad está el secreto y quién sabe, a lo mejor os sirven para las próximas vacaciones. Pero el motivo que me ha animado a empezarla justo esta semana es de todo menos bueno. En España se ha hablado muy poco de lo ocurrido esta última semana en Liguria, la región situada al norte de la Toscana, con capital en Génova. Las fuertes lluvias provocaron que los ríos y torrentes de esta accidentada región montañosa se desbordaran, arrasando puentes y carreteras, provocando deslizamientos de tierra y, lo que es peor, destruyendo pueblos y llevándose por delante a al menos dieciséis personas. Ni siquiera la capital de la región se ha salvado de sufrir estas consecuencias de la mala gestión del territorio, pero bueno, dejémoslo aquí.

En un primer momento, la zona más afectada fue uno de los enclaves turísticos más conocidos a nivel internacional de Liguria y patrimonio mundial de la UNESCO, las Cinque Terre, en la provincia de La Spezia. Yo tuve la suerte de visitarlo antes del desastre, a comienzos de este septiembre pasado, aprovechando una visita de mis padres, y os puedo asegurar que era espectacular. Se trata de cinco pueblecitos de pescadores: Monterosso, Vernazza, Corniglia, Manarola y Riomaggiore. De callejones estrechos y las casas color pastel típicas de la zona, se encaraman en las paredes rocosas de la costa, aprovechando pequeños puertos naturales.

Llegar a ellos es complicado. Las carreteras son un suplicio y si sois de los que se marean con facilidad, podéis echar hasta el hígado antes de media hora. Por eso, la mejor forma de llegar sigue siendo el tren, cuyas vías van paralelas a la costa y con estaciones en tres de los cinco pueblos.


Litoral de las Cinque terre desde el sentiero azzurro.


Para visitar los pueblos, lo mejor es utilizar el sentiero azzurro (el sendero azul), un caminito de doce kilómetros que serpentea por los acantilados. No es excesivamente complicado, con los desniveles más importantes en las zonas de los pueblos. Al ir entre bosques y huertos, siempre hay sombra, una ventaja porque el sol pega que no veas. Pero eso sí, no hay fuentes, así que o lleváis agua o rellenáis las cantimploras en los pueblos. ¡Ah, por cierto!, el caminito, aunque no os lo creáis, es de pago. En las salidas de cada pueblo os encontraréis con una bonita taquilla de madera en la que podréis adquirir el billete. No me acuerdo de cuanto costaba, pero había varias tarifas (me parece que el billete diario para un adulto era de unos cinco euros).


Vernazza



Calle de Vernazza.

Yo lo que recomendaría sería llegar a Monterosso, el pueblo más al norte, o en tren o en coche (aparcar está bastante jodido, por cierto). Un consejo: cuando compréis el billete para el camino, preguntad al fulano de la taquilla si se puede hacer entero o está cortado en algún punto por un desprendimiento de tierra. Esto suele ser muy normal, pero no siempre te lo dicen, así que puede que estés andando tranquilamente y en medio de la nada te encuentres con una valla que te impide el paso teniendo que volver hacia atrás y coger un tren. Sí, lo habéis adivinado, eso fue lo que nos pasó a nosotros…

Las vistas desde el sendero son espectaculares. Con los pueblos colgados, los acantilados cubiertos de bosques y terrazas llenas de viñedos y el mar dominando todo el paisaje. Cada pueblo es como un oasis, con callejas frescas, bares, restaurantes, tiendas… y turistas, cientos de ellos. En los meses de calor aquello parece una romería de gente (mucho abuelete francés) subiendo y bajando, pero vale la pena.


Manarola.



El último kilómetro antes de llegar al último pueblo, Riomaggiore, tiene un nombre que hace mérito a la personalidad romántica (y por qué no decirlo, empalagosa) de los italianos: Via dell’amore. Está asfaltadita para que las niñas monas no tropiecen con sus zapatitos de tacón. Así puede llegar todo el mundo para escribir en las paredes grafitis de esos que hacen que te duelan las muelas de lo azucarados que son o enganchar candados por todas partes (¡¡Federico Moccia, juró que acabaré contigo!!).




Una vez llegados a Riomaggiore, tenemos que volver a Monterosso. Podemos elegir entre dos opciones: o el tren (caca) o el barco (guay). Nosotros elegimos el barco, que cuesta unos 8 euros pero que vale la pena. Para en todos los pueblos menos en Corniglia, el único que no tiene puerto. El viaje dura algo más de media hora y además de relajaros viendo el paisaje, podéis hacer unas fotos chulísimas de los pueblos.


Riomaggiore

Corniglia

Por desgracia, la belleza de esta región se ha visto truncada por el agua, que arrastrando barro y árboles ha prácticamente sepultado dos de estos pueblos, Monterosso y Vernazza (para mí el más bonito de los cinco). Las imágenes que se ven en la televisión son increíbles. La gente entra en las casas por las ventanas del primer piso ya que las calles están cubiertas de barro. Muchos de los pueblos están incomunicados por tierra y sólo se puede llegar a ellos en barco. No se sabe a que se ha debido, si a la mala gestión de los cauces de los ríos, la apertura descontrolada de presas o simplemente a que llovió más de lo esperado. Lo que si se sabe es el resultado. Los pueblos y la región entera tardarán años en recuperar lo perdido en unos minutos, y más teniendo en cuenta la malísima gestión de este tipo de catástrofes por parte de la administración italiana.

En fin, espero haberos descubierto un sitio nuevo que visitar, aunque sea dentro de varios años. Si queréis más información os dejo un par de páginas web:

Muy pronto más y mejor.

domingo, 23 de octubre de 2011

¡¡¡Oído cocina!!! Hoy: el castagnaccio.

¡¡Chavalada, qué por fin ha llegado el otoño!! Y no sólo por la fecha, también en lo que al tiempo y la temperatura se refiere (por lo menos aquí, que hace un frío del carajo). Es la estación del año que más me gusta, cuando llega el fresquito después del calorazo, el campo está más bonito, recuperas del fondo del armario la chaqueta y el gorro, puedes tomarte un té caliente sin morir asfixiado y, sobretodo, cuando se come mejor. Por eso, para celebrarlo, aquí tenéis la segunda entrega de la sección dedicada a la gastronomía italiana menos conocida más allá de los Alpes.

En Grosseto, el cambio de estación se nota bastante más que en una gran ciudad como Madrid. Aquí se valora mucho el producto de temporada. Es ahora cuando empieza a venderse el vino nuovo, el que se ha hecho en septiembre, se recoge la aceituna y se hace el aceite (olio nuovo), comienza la temporada de caza del jabalí, las fruterías se llenan de naranjas (desaparecidas desde abril) y las setas (funghi) salen como… ¡pues como setas, coño! Pero lo mejor, lo que más me mola, es que llega el fruto por excelencia del otoño: la castaña. Qué queréis que os diga, la familia de mi padre es gallega y por algún lado me tenía que salir.


Para mí es casi como un ritual: coger un montón de castañas, hacerles una rajita con el cuchillo para que no estallen con el calor, moverlas de vez en cuando mientras se hacen en el horno y luego, a pelarlas como loco. Yo soy de los que pelan un montón y se las va guardando en los bolsillos calentitas para luego comérmelas todas de seguido con un buen vaso de vino (o dos, o tres…). Me quedo como Dios.

Y aquí también se puede hacer, porque también en Italia hay bosques de castaños. En concreto, a unos 50 kilómetros de Grosseto, hay una zona conocida en todo el país por la calidad y cantidad de sus castañas: el monte Amiata. De hecho, fue el primer sitio italiano donde las castañas alcanzaron la categoría de IGN (Indicazione Geografica Protetta, algo así como nuestra Denominación de Origen).

Esta montaña es en realidad un volcán, el segundo más alto de Italia con sus 1732 metros (el primero es el Etna). Se calcula que su última erupción fue hace unos 180.000 años, aunque como ya vimos en un post anterior, la actividad volcánica sigue latente en la zona a través de numerosos manantiales de agua termal (Saturnia, Petriolo, Bagno Vignone, Bagnolo…).

El Amiata. La cima más alta es la que se ve al fondo.
Es un sitio realmente curioso. Un montañón, prácticamente aislado en medio del paisaje, que separa las suaves colinas de la Val d’Orcia (las que estamos acostumbrados a ver en las postales) de la región costera de la Maremma. Estando allí, el microclima que envuelve la montaña hace que te olvides de que el mar está a tan sólo 40 kilómetros en línea recta. Las temperaturas son durante todo el año mucha más frescas que en las zonas de alrededor, lo que hace que sus laderas estén cubiertas por bosques de hayas y castaños. En la cumbre, a la que se puede llegar tranquilamente en coche, incluso se ha construido una pequeña estación de esquí. Es el típico sitio perfecto para excursiones de un día, por lo que los fines de semana se llena de gente, de esquiadores en invierno, de domingueros que van de picnic en verano, de buscadores de setas en otoño…. Vamos, una romería continua.


Hayedo.



Castañar.



La pista de esquí este último invierno.

La gente de los pueblos de alrededor, muy bonitos, por cierto, vive principalmente de esto, del turismo, de la ganadería, la madera y, como no, de la castaña. Y no se limitan sólo a venderla y fuera, hacen de todo con ella: crema, miel, licores, marron glacé, castañas en almíbar, hasta cerveza de castaña (para gustos, colores, a mí no me gusta nada y encima cuesta un riñón). Pero además, ésta es la tierra de origen de un “dulce” típicamente toscano que tiene como ingrediente principal, cómo no, la castaña: el castagnaccio (pronunciado “castañacho”).

La receta es sencilla (esta vez de verdad): se necesita harina de castaña (castaña cruda en polvo), agua, un pelín de sal, un poco de aceite, piñones, pasas, nueces en trozos y hojas de romero. Mezclas la harina con el agua y la sal hasta conseguir una pasta líquida pero densa. Le añades las pasas (que hemos tenido antes en remojo), los piñones y las nueces. Pones la mezcla en un molde untado de aceite, de modo que no supere el centímetro de espesor. Por encima le echas las hojas de romero junto con más piñones, pasas y trocitos de nueces y lo metes en el horno a 200ºC durante media hora.


El resultado es esa especie de torta de pan de castaña que veis en la foto. Sinceramente, no me entusiasma lo más mínimo. Como veis, no lleva azúcar, cuenta sólo con el dulzor de las castañas, que es mínimo, así que no sé por qué se empeñan en decir que es un postre. Y encima es pesado de narices. Hoy mismo me he comido un trozo casi por compromiso en la sagra de la castaña de Arcidosso, uno de los pueblecitos del Amiata, y creo que terminaré de digerirlo dentro de dos días… Lo dicho, que me sigo quedando con las castañas asadas y el tintorro de toda la vida.

Vista de Arcidosso.
En fin, creo que por hoy basta. Espero haberos descubierto alguna cosilla nueva y tranquilos porque volveré a hablaros del monte Amiata en un futuro no muy lejano.

Muy pronto, más y mejor.

domingo, 16 de octubre de 2011

Aqua carda cor latte.... sti barbari!

A todos los que estudiamos un idioma distinto al nuestro nos ha pasado alguna vez: nos tiramos años yendo a clase, memorizando listas de palabras, practicando a la mínima que podemos, viendo pelis y series en versión original… Y al final, cuando nos vamos al país donde lo hablan, resulta que no entendemos un carajo de lo que nos dicen y ellos no entienden ni una palabra de lo que les decimos nosotros. Frustrante. Pero es que no nos damos cuenta de que muchas veces no es culpa nuestra, sino de otros factores que generalmente no nos explican en clase pero que podríamos deducir nosotros mismos, ya que en el español también están presentes: no todos los que hablan una lengua la hablan igual ni hablan de la misma forma con todo el mundo. Resumiendo: en todas las lenguas existen acentos distintos y expresiones o palabras que se usan dependiendo de a quien tengamos delante.

Y chavales, Italia no es distinta, al contrario. Hasta que no estuve aquí y empecé a hablar con la gente, no me di cuenta de la cantidad, no sólo de acentos, sino también de dialectos que existen en este país. Y que nadie me diga que en el caso del italiano eso no importa mucho porque a fin de cuentas es muy parecido al español y siempre se entiende. Y un cuerno. A veces oyes cada cosa que dirías de todo menos que el que lo ha dicho es italiano.

El uso de una lengua, por lo general, está relacionado con un territorio y por tanto, también con su evolución a lo largo de la historia. En el caso de Italia, tenemos un estado bastante joven, resultado de la unificación, hace justo 150 años, de los diferentes estados en los que se dividía la bota (Estados Pontificios, Lombardía, Véneto, Gran Ducado de Toscana, Reino de Nápoles y dos Sicilias…). Cada uno de esos trocitos tenía una o varias lenguas que se parecían poco o nada unas a otras (Hablando claro, un milanés y un napolitano, por ejemplo, eran incapaces de entenderse). Tras la unificación, era necesario declarar una lengua oficial, común a toda la población y sobretodo a la administración, porque si no, a ver quién era el guapo que se aclaraba. Fue entonces cuando se proclamó el italiano que conocemos hoy como única lengua oficial de Italia.

File:Italia 1843.svg
Italia antes de la unificación de 1861
¿Pero de donde carajos se sacaron esa lengua? ¿Existía ya o se la inventaron a base de coger un poco de una y un poco de otra para tener contento a todo el mundo? Pues existía ya, era el dialecto usado desde siempre en la Toscana, conocido como toscano. ¿Y por qué se eligió ese y no otro, como el sardo, el véneto o el calabrés, por ejemplo? Por una razón cultural: Dante, a la hora de escribir la “Divina Comedia”, clásico absoluto de la literaria italiana, había usado el dialecto toscano (Dante era florentino) y por si fuera poco, lo mismo hicieron otros dos autores igualmente significativos, Bocaccio y Petrarca, también toscanos. De hecho, los italianos muchas veces se refieren a su propio idioma como la lingua di Dante.

Dante Alighieri. Guapérrimo ¿eh?
¿Y entonces qué pasó con el resto de dialectos y lenguas? ¿Desaparecieron? Pues no. La mayoría han sobrevivido hasta la actualidad, algunos incluso están protegidos a nivel institucional, siendo usados todavía por gran parte de la población. Rara es la región que no tiene su propio dialecto. Por supuesto, lo mismo ocurre con los acentos (no confundir acento con dialecto; el primero se refiere a la entonación con la que se habla, el segundo es una forma similar al italiano pero que no llega a tener el nivel de lengua).

Y no os podéis imaginar lo que mola eso. Algunos acentos y dialectos son divertidísimos. Yo, después de vivir aquí dos años, soy capaz de reconocer algunos, los más característicos, pero del resto lo único que sé decir es si son del norte o del sur, sin especificar zona. Para que os deis cuenta, he buscado fragmentos de películas y canciones en los que se nota la diferencia. Muchos no habláis italiano, pero da igual, la cosa es distinguir la entonación.

Y como no podía ser de otro modo, empezamos con la Toscana. Aquí cada provincia tiene un acento propio (la zona de Livorno, la de Grosseto, la de Florencia…), aunque yo aún no llego a distinguirlos o a asociarlos con una zona en concreto. A excepción del livornés, que es supercaracterístico. Es un acento muy nasal y, cómo decirlo, muy… “arrastrao”. Y para que lo veáis, os pongo un video de un par de humoristas liborneses, “Il nido del cuculo”, que se dedican a doblar trozos de películas al estilo de nuestro “El Informal”:


Una característica que sí es común a casi toda la Toscana es la pronunciación aspirada del sonido /k/ (casa, cameriere, quattro = hasa, hameriere, huattro), que parece que viene desde el medievo pero que no se produce en todas las palabras. Cómo dijo una vez Roberto Benigni (también toscano, de Arezzo): “Un caffé, due haffé, tre caffé, quattro haffé”. La misma palabra con una pronunciación distinta según la palabra que le precede. En relación a esto, todos los italianos saben que para tomar el pelo a un toscano basta con decirle que vaya al bar a pedir una “Coca-Cola con la canucia corta corta di colore colorato”. Aquí tenéis un ejemplo de canción en la que se reivindica la “belleza” de esta forma de pronunciar, un rap del grupo Manu PHL, “Jente Di Toscana”:


Y nos vamos hacia el sur de la península, a la bella Napoli. Allí todavía se sigue usando el dialecto campano, con sus variantes regionales. Estando aquí hice un viaje a la zona de Nápoles y Salerno para visitar las ciudades del Vesubio y os aseguro que no me enteraba de nada de lo que hablaba la peña. Pero no me deprimí porque sabía que a los italianos del norte les pasa lo mismo cuando bajan a las regiones del sur. Eso se ve muy bien en “Benvenuti al sud” (“Bienvenidos al sur”), una película de 2010 dirigida por Luca Miniero, remake de la francesa “Bienvenidos al norte”. En ella, un empleado de correos de Milán es trasferido (como castigo) a la oficina de un pueblecito de Salerno. Durante toda la peli, que no es nada del otro mundo pero que es simpática, se van viendo y desmintiendo muchos de los tópicos que la gente del norte tiene de la del sur. Uno de ellos es, claro, el idioma (es una película que se tiene que ver por cojones en versión original):


Un poquito más abajo, en la Puglia (la zona del tacón), tienen otro dialecto, que yo no llego a distinguir del campano pero que no tiene nada que ver. Se ve bastante bien en la comedia “Oggi sposi”, del 2009, dirigida por Luca Lucini. En ella, Niccolo, un policía de Bari, quiere casarse con su novia indú, y se lo dice a sus padres, una pareja de campesinos tradicional. En el dialecto pugliese, como en el campano, tienden a pronunciar con la boca muy abierta y a comerse el final de las palabras, lo que da lugar a chistes y juegos de palabras. Repito, basta que os fijéis en la entonación, yo no soy capaz de entenderlo todo, casi no parece italiano:


Y ya para terminar, que esto se está alargando demasiado, como siempre, os pongo el dialecto que más me gusta de todos los que he oído hasta ahora: el romano. Si es que no podía ser otro. Es un dialecto un poco vasto, un poco barriobajero, muy gutural, en el que se pronuncia con la boca muy abierta, comiéndote el final de las palabras y muchas veces cambiando las eles por erres. Si lo escriben, también usan la j para hacer el sonido de nuestra “ll”, así que entre unas cosas y otras, si lo lees, te parece que lo ha escrito un andaluz (“er mejo” (romano)= “il meglio” (italiano) = el mejor (español)). Es perfecto para los hombres, porque es muy de macho, pero en una tía, sobretodo si es joven y mona, queda fatal.

Y la peli que os he elegido es además un ejemplo del sentido del humor italiano. Los dobladores de las películas de dibujos de Asterix y Obelix han sido coherentes y a los legionarios romanos les han puesto, como no, acento romano. Aquí tenéis un trozo de “Axterix en Bretaña” (en italiano “Asterix e la pozione magica”),de 1987 (el comic es de 1966):


¡Ah, ya se me olvidaba! Otra cosa muy característica del italiano y que tampoco nos dicen cuando lo estudiamos es el tema de los gritos: existen, según las zonas, ciertos gritos que en sí no significan nada, pero que se usan para todo: para saludar o insultar, para avisar de algo o para expresar sorpresa o cabreo, para empezar una frase o para terminarla. En Roma usan AOOOOO!!! (lo escuchas continuamente), en Nápoles WEWEEEE!!!! Y en Cerdeña AIOOOOO!!!!! No me digáis que no mola.

Bueno chavalada, pues hasta aquí hemos llegado. Muy pronto, como siempre, más y mejor. Un abrazaco.

viernes, 7 de octubre de 2011

¡Anda, como Indiana Jones!

Eso es lo que mucha gente te dice cuando se entera de que estudias arqueología. Normalmente mi reacción es sonreír y decir “Más o menos”, mientras pienso “Con los cojones”. Como profesión es muy romántica, hay que reconocerlo. La peña te imagina abriendo una tumba egipcia llena de momias y tesoros o descubriendo civilizaciones perdidas. No digo que eso no sea posible, alguno hay que llega a hacerlo, pero no es lo habitual.

Por lo general, el arqueólogo trabaja en una excavación, un museo o un laboratorio. En la excavación el curro es muy parecido al de un peón de obra: te levantas al amanecer, curras hasta que hay luz, si hace frío, te jodes, si hace calor, te jodes aún más, estás la mitad del tiempo tirado por el suelo rascando la tierra, comiendo polvo y acarreando carretillas como un condenado. Y todo para seguir un murito de piedra, quitar un estrato de tierra o a veces para darte cuenta de que allí no hay nada. Es cuando llevas currando un mes cuando te das cuenta de que, uniendo el trabajo de todo el equipo, el murito se ha convertido en una casa, en el estrato de tierra ha aparecido un montón de cerámica chulísima o que, aunque aparentemente no hay nada, una mancha más oscura en un rincón puede ser una fosa con muerto dentro. Todas esas cosas, puestas en relación unas con otras, dan como resultado una o varias teorías o interpretaciones que pueden ayudarnos a entender mejor un mundo muy distinto al nuestro y prácticamente desaparecido. Es entonces cuando tu trabajo se vuelve gratificante con la sensación de que has puesto tu granito de arena en algo muy grande.

Eso sí, nada de látigos, ni sombreros, ni tías cachondas, ni manadas de moros que excavan mientras tú miras, ni arcas perdidas, ni stargates. Es lo que hay.


Como ya os dije la semana pasada, Osbaldo nos invitó a Ibon y a mí a una excavación en la antigua ciudad de Vetulonia. Actualmente es un pueblecito de aire medieval en lo alto de una montaña, dominando toda la llanura grosetana. Pero 2600 años atrás en el tiempo (mes arriba mes abajo) era una importante ciudad etrusca que controlaba un vasto territorio y cuyas riquezas hicieron que, a partir de las excavaciones arqueológicas del siglo XIX, fuera conocida como la ciudad del oro.

Su historia sigue la línea general que os conté en el post anterior: al principio (siglo IX a.C.), había dos pueblos en lo alto de las montañas. Lo único que se conoce de este momento son las necrópolis, con tumbas que van desde el simple agujerito en el suelo para el más desgraciao hasta los grandes túmulos con enterramientos colectivos y ajuares alucinantes. A un cierto punto se abandonan estos dos pueblos y la peña se va a vivir toda junta a lo alto del monte (siglo VIII a.C.), naciendo así la ciudad, Vatluna en etrusco. Durante casi dos siglos es la reina de la fiesta: muchos historiadores romanos la citan en sus obras. Según algunos, como Silio Itálico y Tito Livio, Roma adoptó aquí sus símbolos de poder: la silla curul, el fasces del lictor y la toga praetexta. Hasta que la cosa empieza a ir más floja. Parece que se recupera cuando los romanos destruyen la ciudad de al lado, llegó incluso a acuñar moneda, pero durante la dominación romana se convertirá en un centro secundario.


En algún momento de la Edad Media pasó algo curioso: El pueblo en el que se había convertido Vetulonia cambió su nombre por el de Colonna di Buriano, perdiéndose completamente la ubicación de la ciudad. Vamos, que cuando alguien leía en los textos antiguos algo sobre la ciudad, no la sabía identificar con ninguna población existente todavía. En el siglo XVIII los historiadores empezaron a darse de bofetadas, cada uno defendiendo una teoría distinta que identificaba Vetulonia con alguna ciudad (Viterbo, Vulci…). El combate lo ganó un médico de pueblo y arqueólogo aficionado a principios del siglo XIX. El colega se puso a excavar como loco por todo el pueblo y alrededores, encontrando de todo: calles, casas, tiendas, tumbas… Y entre todos los objetos desenterrados los dos más importantes fueron dos monedas del siglo III a.C. en las que se leía VATL, abreviatura de Vatluna. El reconocimiento del mundo académico llegó con el decreto que en 1887 devolvió al pueblecito su antiguo nombre perdido.

En fin, que me enrrollo. El caso es que llegamos allí el primer día a eso de las 8:30 de la mañana. Y lo hicimos bien despiertos a pesar de la hora. Ibon tenía un método infalible para espabilarte: poner en la radio de su coche rock y heavy a toda pastilla durante todo el trayecto. Cuando llegamos, Osbaldo nos presentó al grupo de trabajo, varios chavales bastante jóvenes de una cooperativa de la región de Umbria y varios voluntarios. Nos acogieron estupendamente (dos pares de manos gratis nunca vienen mal) y nos empezaron a explicar el panorama.

Hay que decir que el sitio no estaba nada mal. No era un pelagartal perdido en el culo del mundo, como muchas veces pasa (ya os contaré alguna experiencia de ese tipo). Estaba a las afueras de la ciudad, en la zona arqueológica excavada en los años 80, con bastantes árboles alrededor. El objetivo de nuestra excavación era entender un poco mejor una zona en concreto. Lo único que se veía era una calzada (carretera de lastras de piedra) subir la cuesta hasta desaparecer en un terraplén. A un lado parecía que un muro cortaba dicha calzada, haciéndola más estrecha en ese punto (Eso para un arqueoloco es guay, porque quiere decir que el muro se hizo después de la calzada). Se pretendía entender el trayecto de la calzada y a qué se correspondía ese muro.

La calzada que subía la cuesta, con el muro de la domus que la corta en un lado.

La estancia de la domus que se pretendía excavar, el primer día de curro.

Empezamos a darle al pico y en esto que a la media hora oigo a Ibon decir con ese acento tan de Bilbao: “¡Anda, una moneta!” ¡El cabrón había descubierto una monedita el primer día de su primera excavación! Si es que cuando alguien es tan grande como él, lo es en todos los campos.


La "moneta"

Material vario encontrado durante la excavación.

Otra frikada: unladrillo con la huella de un perro.

Fueron tres semanas de octubre geniales. El trabajo era duro, pero no nos llovió ni una sola vez, la gente, incluida la directora del museo del pueblo, nos hizo sentir parte del equipo desde el primer día, y pude ver técnicas que no había visto nunca, como el uso del georadar (Es como hacerle una ecografía al suelo para ver si hay algo debajo). Al final llegó esa sensación de la que os hablaba al principio de haber hecho algo grande en cierto sentido.

¿Los resultados? Pues bastante importantes para lo que es el mundillo (A los que estéis fuera del mundillo os parecerán una mierda, aviso. Tenéis que entender que la perspectiva sobre lo que mola una cosa es directamente proporcional a los días que te tiras comiendo tierra). El muro resultó pertenecer a una casa o “domus” que fue destruida por un incendio (se encontraban trocitos de carbón por todas partes). En la habitación que se excavó apareció un “dolio” o tinaja grande de cerámica clavada en el suelo para almacenar alimentos. Estaba enterita y para vaciarla uno de los voluntarios se tuvo que meter dentro. Por desgracia, en su interior sólo había restos de tejas y carbones, nada del otro mundo.

Se empieza a ver la boca del dolio.

El dolio, con todos los aparatejos para la foto de excavación.

Vaciando el dolio desde dentro.
Ahí acabó la campaña en la que nosotros participamos, pero luego hubo otras a las que no pudimos ir por distintos motivos. Y fue una putada, porque la cosa se puso bastante interesante. Al lado del dolio que encontramos aparecieron los restos de otro, la sala resultó que conservaba el pavimento original, el muro tenía casi un metro de altura conservado y hasta restos del estuco de las paredes, algo bastante raro. Los trabajos siguen adelante poco a poco, teóricamente habrá una nueva campaña de excavación antes de Navidad. Si participo ya os enterareis por el canal habitual.

Estado actual de la excavación, con el dolio desenterrado hasta su soporte original, los restos del otro al lado, la sala y la sala adyacente.
Hasta aquí vuestra primera lección de arqueología. Espero no haber sido muy plasta. ¡Muy pronto más y mejor, que estoy que lo regalo!

domingo, 2 de octubre de 2011

¿Etrus qué?

Es bien sabido que en Italia basta con hacer un agujero en el suelo para encontrarse con un yacimiento arqueológico. Si no, que se lo pregunten a los que están haciendo la ampliación del metro de Roma… Y como buen arqueólogo que pretendo ser, una de las cosas que quería hacer durante mi, inicialmente, breve estancia, era participar en una excavación.

Al mes de estar viviendo por aquí y de currar en el museo, surgió la oportunidad. Osbaldo, uno de esos personajes entrañables de los que os hablaré más tranquilamente en otro sitio, nos invitó a mí y a mi compi de prácticas, Ibon el vasco (también os hablaré de él y de otros próximamente), a una excavación en un pueblecito cerca de Grosseto llamado Vetulonia. Cuando oí el nombre me quedé a cuadros: Vetulonia, ¡una de las ciudades etruscas más importantes! Uno de los motivos para que yo acabara en la Toscana fue el hecho de que quería trabajar, al menos una vez en la vida, con piezas etruscas, que en España pues como que no hay. Imaginaros entonces lo que suponía para mí excavar en una de sus ciudades.


Un adelanto del siguiente post. ¿Os habéis fijado en lo atractivo que es el mozo de rojo?
Como supongo que algunos estarán pensando “¿etrus qué?”, os cuento un poco por encima quién era esa gente.

La civilización etrusca se desarrolló más o menos entre los siglos X y II a.C. en Italia. Ponerle un final es un poco complicado porque no es que desaparecieran, es que, como otros muchos pueblos, fueron conquistados por los romanos y perdieron poco a poco sus rasgos característicos. Ya los historiadores antiguos no sabían de dónde carajos habían salido y aún hoy se discute el tema. Unos dicen que eran indígenas italianos, otros que llegaron desde alguna zona del mar Egeo. Vaya usted a saber. El caso es que ocuparon una parte importante de la península, con un núcleo en el territorio situado entre los ríos Arno y Tiber y con cierta proyección más allá de los Apeninos, por la zona de Bolonia, en Umbria y demás. Fueron, según los griegos, una de las culturas más desarrolladas de Italia en un momento en el que de Roma aún ni se hablaba. La propia Roma, según la tradición, tuvo varios reyes etruscos, alcanzando en ese periodo su primer gran desarrollo como ciudad.

Para poder estudiar mejor una cultura y favorecer su digestión, los historiadores y arqueólogos solemos dividirla en trocitos. Somos así de raros. Pero como esto no es una tarta, esas porciones no dependen del número de niños chillones que haya en el cumpleaños, sino de otras cosas más o menos abstractas. En el caso de los etruscos, estas divisiones vienen fijadas por cambios importantes en el registro arqueológico (en cristiano, los momentos en los que empiezan a aparecer cosas nuevas o distintas). Según esta clasificación, la cultura etrusca se divide en: Villanoviano, orientalizante, arcaico y clásico.

En la fase villanoviana se empieza a ver que esta gente es distinta a las demás. Muchas pueblos y granjas se abandonan y la población se concentra formando ciudades fortificadas, como Cerveteri, Tarquinia, Vulci, Arezzo, Populonia, Vetulonia, Volterra… ¿Por qué justo en ese momento? Ni idea, pero eso implica la existencia de un poder político lo suficientemente fuerte como para controlar un gran territorio. Probablemente existiría algún tipo de monarquías locales. La peña vivía en cabañas de madera y adobe y eran famosos por su habilidad en el trabajo de los metales.

Típica cabaña villanoviana, con cerdicos y todo.
Precisamente, esta zona es muy rica en metales, sobretodo en hierro, que en la antigüedad valía una pasta, así que no tardaron en empezar a llegar griegos a los puertos etruscos para comprar. Claro está, los etruscos los recibieron con los brazos abiertos y el culo en pompa, porque eso significaba muchas pelas (y jarrones monísimos a precio de saldo). Empieza así una nueva fase, hacia los siglos IX-VIII a.C., la de máximo desarrollo de la cultura etrusca, llamada orientalizante, por la influencia que recibe de oriente. Fue una revolución no solo económica sino también cultural. Con los griegos llegaron toda una serie de ideas, conocimientos y objetos hasta entonces desconocidos: la moneda, la escritura, nuevos ritos sociales como el simposio (el banquete aristocrático), materiales nuevos como el marfil o el ámbar, la cerámica griega, nuevas técnicas de construcción y producción y bla, bla, bla. Seguramente grupos de artesanos y comerciantes griegos se instalarían en los centros etruscos, produciendo así una mezcla cultural que explica que ahora encontremos en las excavaciones cosas como escarabeos egipcios, esculturas de dioses orientales o tumbas con leones y leopardos pintados en las paredes, por poner un ejemplo.


Tablilla de Marsiliana. Es de marfil, se cubría de cera y se usaba para escribir. En la parte de arriba aparece grabado el alfabeto griego. Fue encontrada en una tumba etrusca.
 
Tumba etrusca de los Leopardos, en Tarquinia. Los frescos de las paredes reproducen una escena de simposio al modo griego 

Gracias al comercio, hay cada vez más gente con pelas, por lo que a un cierto punto, las monarquías empiezan a ser sustituidas en algunos casos por oligarquías, en las que el gobierno recaía en unas pocas familias. Un sistema también muy cercano al mundo griego. A estos gobernantes se les da el nombre genérico de “príncipes”.

Portaperfumes de cerámica con decoración pintada de estilo corintio, encontrados en tumbas etruscas.

El chollo empezó a acabarse entorno al siglo V a.C., cuando el comercio de la zona se ve monopolizado por las ciudades estado griegas del sur, sobretodo por la ciudad siciliana de Siracusa. Los ataques y saqueos continuos de las ciudades y puertos etruscos hacen que se aíslen del exterior. Los materiales y objetos de este período son más cutrecillos y, al contrario que en fases anteriores, las ciudades situadas en el interior ganan importancia respecto a las costeras.

Y llegados a este punto, aparece el tercero en discordia, Roma, que poco a poco comienza a anexionarse el territorio etrusco en su expansión hacia el norte. De hecho, la primera gran conquista de la historia de Roma fue una ciudad etrusca, Veio, en el año 396 a.C. Fue destruida, su población asesinada o vendida como esclava y su territorio repartido entre la población romana. Eso es hacer las cosas bien. Después de eso, la expansión hacia el norte se detuvo durante casi un siglo y después fue imparable. Mientras que la conquista de las ciudades etruscas del sur fue bastante cruenta, las del norte se fueron uniendo de forma algo más tranquila, de modo que a finales del siglo III a.C. Roma controlaba todo el territorio. Empezó así el proceso de romanización de la zona, que hizo que los etruscos empezaran a adoptar elementos de la cultura romana, perdiendo los propios (unos siglos antes había pasado lo contrario, los romanos habían copiado bastantes cosas a los etruscos).

Después de eso, lo más destacable fue la conocida como “Venganza de Sila”. En el siglo I a.C., dos facciones se enfrentaron por el poder en Roma: los populares, dirigidos por Mario (tío político de Julio Cesar, que aún era un crío), y los aristocráticos, dirigidos por Sila. Al final ganó Sila, que era un poco cabrón y se dedicó, entre otras cosas, a vengarse de los que habían apoyado a Mario, entre ellos las ciudades etruscas. Muchas de ellas fueron arrasadas, aunque repobladas tiempo después.

Ya entonces poco quedaba de lo que había sido la gran cultura de la costa tirrénica italiana, aunque varios historiadores romanos, entre ellos el emperador Claudio, se interesaron por su historia. El etrusco era ya una lengua muerta en los primeros tiempos del imperio.

Pues hasta aquí hemos llegado. He intentado hacerlo breve aunque me haya quedado un poco largo al final. En el siguiente, más y mejor, con los mejores momentos de la excavación. ¡Un abrazaco!

jueves, 22 de septiembre de 2011

Quien quiera termas, que se moje el culo.

Cuando te dicen que pienses en algo típico de Italia… ¿qué se te viene a la cabeza? El Coliseo, la pizza, la ópera, los antiguos romanos, la Sofía Loren, el fútbol, el Papa, la última chorrada de Berlusconi…. Son infinitas las respuestas, Italia siempre ha sabido venderse muy bien de cara al extranjero (bueno, menos por lo de Berlusconi) y todo el mundo, vayas a donde vayas, tiene una imagen más o menos tópica de este país. Pero seguro que son muy pocos los que piensan en algo genial y que resulta que aquí está por todas partes: los manantiales de agua termal.

Italia es muy inestable desde el punto de vista sísmico. Está llena de volcanes, tanto activos (el Etna, el Vesubio, el Stromboli…) como inactivos. Por no hablar de los terremotos, que de vez en cuando se hacen notar (yo aún no he notado ninguno) y a veces son bastante dramáticos. Rara es la ciudad italiana que no ha sido destruida alguna vez por uno. La última L’Aquila, en Abruzzo, que desde 2009 está en ruinas, pero eso sí, haciendo rico a más de un cabrón especulador.

Peeeero, también tiene sus cosas “buenas”: si no hubiera sido por el Vesubio las ciudades romanas del golfo de Nápoles no habrían llegado hasta nosotros, muchos volcanes inactivos, sobretodo en el centro de Italia, se han convertido en lagos (el Bolsena, el Trasimeno, el Nemi…) y no hablemos ya del paisaje de Sicilia con el Etna echando humo. Pero lo más práctico y curioso es la gran cantidad de fuentes de agua termal que te encuentras a lo largo y ancho de la bota. Y claro está la Toscana no iba a ser menos. Es más, en Grosseto tenemos, entre otros, dos manantiales muy famosos: Saturnia y Petriolo.


El Etna humeando visto desde el teatro romano de Taormina

Antes de nada deciros que lo más alucinante de estos sitios es que son gratuitos. Bueno en realidad están las dos opciones: puedes pagar en alguno de los establecimientos tipo spa que hay por la zona, bastante caritos, o se puede optar por la versión más auténtica y dominguera, que para mi vale más la pena, en la que el acceso es completamente libre, de día y de noche.

Saturnia es el típico pueblecito toscano: pequeñito, en un alto dominando un pequeño valle y con casitas de piedra y callejas estrechas. Existía ya en época romana y puede que también etrusca. Como os podéis imaginar, los romanos, que eran muy apañados, ya explotaron los manantiales de las cercanías construyendo termas. Como el agua ya viene caliente de fábrica, se ahorraban el tener que estar calentándola.

Una de estas fuentes, a dos kilómetros del pueblo, gratuita, con aparcamiento y chiringuito incluidos, es conocida como las cascadas del Molino o del Gorello. En ellas, un potente chorro de agua sale de la tierra a una temperatura de 37’5 grados y escurre por la ladera hasta llegar al río. A lo largo de este breve recorrido, los minerales que lleva el agua han formado pequeñas piscinas en la pendiente. Las piscinitas blancas, escalonadas unas sobre otras, el agua azulada y la nube de vapor crean un paisaje espectacular y sobretodo inesperado (por no hablar del tufazo a huevo podrido que hay por todas partes debido al azufre que contiene el agua).



Aquello se llena siempre de gente, en invierno y en verano, que utiliza el antiguo molino abandonado como vestuario improvisado. Dicen que las aguas tienen propiedades benéficas para la piel y la circulación. A lo mejor hay algo de verdad en eso (las picaduras de mosquito dejan de picar cuando te metes en el agua). Lo que sí es seguro es que después de una sesión allí hay que lavar al menos un par de veces el bañador para quitarle la peste. ¡Ah! Y la plata se vuelve negra, así que ojito con los pendientes.

El problema de Saturnia es que está un poco alejada de Grosseto (a tomar por culo vaya), así que algo más cerquita tenemos las termas de Petriolo. Para llegar se coge la Statale 223, la carretera que une Grosseto con Siena, y se toma el desvío hacia el pueblo de Pari, siguiendo después las indicaciones hacia las termas. De esta manera se baja hasta el fondo de un profundo valle cubierto de bosques de encinas y castaños. La peste y los coches aparcados de mala manera en la cuneta indican el lugar. También son gratuitas y de libre acceso continuo, aunque no tienen ni aparcamiento ni restaurante o bar cerca.

Aquí también anduvieron los romanos trajinando con el agua, aunque las primeras noticias que se tienen del lugar son de época medieval. De este momento datan las ruinas que se ven alrededor de las termas (unos altos muros semienterrados y una torre defensiva que convirtieron a Petriolo en las únicas termas fortificadas), los restos de un puente al lado del puente actual y una pequeña iglesia románica.



El agua mana a una temperatura de 43ºC y escurre por la pared hasta llegar al río Farma, formando a su paso las típicas bañeritas. Las propiedades curativas del agua y del barro son conocidas desde antiguo, sobretodo para enfermedades de la piely las articulaciones. El Papa Pio II, de origen sienés, vino aquí en 1458 para curarse de la artritis que padecía, y dijo que la misa que había dado en la iglesia vecina había sido la más bonita de toda su vida.

La diferencia con Saturnia es que aquí tenemos el agua caliente del manantial y la fría del río, por lo que se pueden hacer tratamientos para mejorar la circulación. Bueno, otra diferencia es la cantidad de perroflautas que a veces te encuentras allí y que lo dejan todo lleno de mierda…

Estos son solo dos ejemplos de la cantidad de termas existentes en Toscana e Italia y un motivo más para visitar este bonito país. Más y mejor en el próximo post. Un abrazaco.

sábado, 17 de septiembre de 2011

Buscando el lago Prile (I)

Volviendo al tema de la historia de Grosseto, que lo había dejado abandonado desde hace un tiempo, había pensado en escribir algo un poco más aburrido de lo habitual, pero luego me he dado cuenta de que no hay necesidad. Puedo hablar de cualquier cosa usando las chorradas a las que os tengo acostumbrados pero con el máximo de profesionalidad. Os voy a poner hasta dibujos y todo. Así que allá voy.

No se puede entender la historia de una ciudad sin antes conocer un poco el sitio donde se encuentra. Con eso los arqueólogos intentan responder a la pregunta ¿y por qué carajo me he encontrado esto aquí? Y para eso, para conocer la evolución del territorio a lo largo de los siglos, es para lo que sirve una cosita llamada arqueología del paisaje. En el caso de Grosseto esta movida es bastante importante porque lo que se ve hoy no se parece en casi nada a lo que había hasta hace no mucho. En Grosseto existe (o al menos existía) un museito dentro de la facultad de arqueología que contaba todos estos cambios a través de paneles, que es de donde he sacado los dibujos q vais a ver.

No sé si os acordáis de que en otro post os conté que Grosseto se situaba en una llanura enorme cerrada por montañas y que acaba en el mar. Pues bien, en la antigüedad esa llanura no existía y todo ese terreno lo ocupaba una gran laguna de agua salada unida con el mar por una pequeña boca y que los romanos llamaron lago Prile. La zona estuvo poblada desde la prehistoria pero no fue hasta la Edad del Bronce (entorno a los siglos XI-X a.C.) cuando se empezó a desarrollar la primera gran cultura importante de la zona, la etrusca. Ya os hablaré más tranquilamente de los etruscos en otro lado, ahora lo que nos interesa es que hacia los siglos IX-VIII a.C. entorno a esta laguna surgieron dos ciudades principales: Vetulonia, en lo alto de las montañas, y Roselle, sobre dos pequeñas colinas en la orilla del lago.


La llanura de Grosseto hace 5.000 años.

Ya en ese momento la economía de la zona giraba entorno a dos recursos principales: el comercio, sobretodo el que se hacía por vía marítima, y la sal. En ambos casos el lago era una pieza clave: era navegable, y por tanto servía como puerto natural, y era salado, por lo que en sus márgenes se construyeron salinas. Ahora la sal no nos cuesta nada, pero en la antigüedad era un bien de primera necesidad. Sin sal los seres vivos no pueden vivir, por eso se les da a los animales domésticos, y hasta hace poco era uno de los pocos métodos para conservar los alimentos. Por eso, en una época en la que los sistemas para obtenerla eran bastante primarios, la sal era una mercancía cara y necesaria.

La cosa no cambió mucho tras la conquista romana. Las ciudades etruscas perdieron importancia a favor de las nuevas colonias romanas y el campo se llenó de villas más o menos grandes que explotaban los campos cercanos. El lago y el río Ombrone continuaron usándose como vía de comunicación (el puerto romano del río Ombrone fue descubierto el año pasado), y las salinas siguieron en funcionamiento, aunque aún no se han descubierto.


La llanura de Grosseto en época romana, con las villas entorno al río Ombrone.

Y llegamos a la Edad Media, y el listo que me diga que es una era oscura se llevará un patadón en el culo, con lo bonita que es. La zona, como la mayor parte de Italia, fue invadida por los longobardos, un pueblo bárbaro (como nuestros visigodos), la mayoría de las villas fueron abandonadas o sustituidas por pequeñas aldeas y las ciudades perdieron importancia. Roselle siguió siendo la sede episcopal, que era de las pocas autoridades que quedaban en la zona, pero hacia el siglo IX quedó prácticamente abandonada, por lo que el obispo cogió sus bártulos y se trasladó definitivamente a Grosseto.

Grosseto en principio era una aldeita de cabañas de madera y adobe, situada cerca del río y de la principal carretera que atravesaba la región, la vía Aurelia, que recorría el litoral tirrénico uniendo Roma con Pisa. Este pueblecito va creciendo poco a poco gracias al comercio y, de nuevo, la explotación de la sal. Cuando el obispo se traslada a vivir allí puede decirse que se convierte por fin en una ciudad que empieza a funcionar como una especie de capital de la zona.


Aspecto que podría haber tenido Grosseto en un principio.

Durante casi todo el medievo, la región estuvo controlada por la familia Aldobrandeschi, que a ratos eran colegas del emperador de turno del Sacro Imperio, a ratos eran más amigos del Papa, y la mayor parte de las veces hacían en sus tierras lo que les salía de los huevos, dándose de bofetadas con uno y con otro, con las repúblicas independientes vecinas o con las ciudades de sus propios dominios que reclamaban más autonomía. Lo dicho, un berenjenal de tres pares de narices.

El caso es que Grosseto intentaba independizarse del control de la familia esta y convertirse en una república independiente como lo eran ya otras ciudades toscanas (Siena, Luca, Florencia, Pisa…), pero nunca lo consiguió. En el siglo XIV fue invadida por Siena. Es en ese momento cuando se construyó la primera gran muralla de la ciudad y se iniciaron los trabajos de la catedral. La sal que se obtenía en el lago venía almacenada en una especie de minifortaleza llamada cassero del sale


El cassero, entrada principal a la ciudad durante el dominio sienés.
  

La llanura grossetana en el siglo XIV.


Cassero del sale.

Fue justo cuando el poder de Siena empezó a disminuir, primero con la Peste Negra y luego por el empuje cada vez mayor de Florencia, hasta que en el siglo XVI, todo el territorio sienés, Grosseto incluido, pasó a formar parte del Gran Ducado de Toscana, gobernado por los Medici. Es entonces cuando se construye la muralla actual, convirtiendo a Grosseto en una fortaleza que protegiera el extremo sur del ducado frente a posibles ataques del Papa.


Construcción de las murallas mediceas y el nuevo cassero, que englobaba el anterior.

¿Pero que pasaba con el lago? Durante la Edad Media siguió usándose como antes, pero algo empezaba a cambiar. Los sedimentos que traían los ríos que desembocaban en él fueron colmatando poco a poco el lago, de forma que su superficie fue disminuyendo y en las orillas empezaron a aparecer zonas poco profundas y ciénagas, que podían utilizarse como zona de caza. Con los Medici la cosa siguió igual pero poco a poco la laguna se fue colmatando y acabó convirtiéndose en una ciénaga. El tema de la sal se dejó y la ciudad empezó a decaer. A esto hay que sumarle las enfermedades: en las ciénagas hay mosquitos y uno de ellos es un poco más cabrón que el resto porque te contagia la malaria. Sin vacunas ni insecticidas la peña moría a puñados, hasta el punto que durante seis meses al año (primavera-verano), toda la administración y organismos oficiales de Grosseto se trasladaban a Scansano, un pueblo de las montañas a unos treinta kilómetros y más aireadito. Así la gente no la palmaba, pero la ciudad quedaba prácticamente desierta.

Bueno, creo que con esto de momento habéis tenido bastante, que tampoco quiero abusar de vuestra paciencia de no historiadores, aunque alguno hay por ahí. Ya seguiré con el tema un poco más adelante, porque lo poco agrada y lo mucho cansa.
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